¿Violento (a) yo? ¡Qué va!

Quien esté libre de culpa que lance la primera piedra”.

A diario comentamos aterrados sobre la escalada de la violencia que se ha producido en nuestra otrora pacífica ciudad. Influenciados por todo lo que oímos estamos a punto de convertimos en verdaderos ermitaños por el miedo que tenemos a salir de casa y enfrentar esa jungla de horror.

Pero ¿de dónde proviene tanta violencia? Simplemente de todo lado y de toda la gente, lo cual nos incluya a todos nosotros. Pongamos la mano en el pecho y reconocemos el aporte que a diario damos a esta situación. Porque esos seres tranquilos, apacibles que creemos ser, se quedan en casa y esa imagen de paz y educación que proyectamos dentro del hogar se transforma tan pronto de hogar se transforma tan pronto como traspasamos el umbral de nuestras viviendas… Amanera de príncipes y princesas de cuento de hadas, que por obra de encantamiento cambia su naturaleza de ser, nos convertimos en sapos brujas y ogros en un abrir y cerrar de ojos. Basta con subir a un vehículo y conducirlo para que este cambio se produzca. Por corto que sea el trayecto a nuestro destino, apena encontramos en el camino a otro transformado (posiblemente el ogro que los insulta porque no nos movemos a pesar de que el semáforo está en rojo), nuestra dulzura y  buenos modales desaparecen y dan cabida a todas aquellas cualidades que ha hecho de brujas esos seres Horripilantes que asustan a los niños.

Peor aun si nos encontramos con un príncipe convertido en sapo, aquel pasándose de vivo intenta colocarse delante de nosotros en la fila frente una ventanilla del banco o en la caja del supermercado.

A lo largo de nuestra larga rutina son miles las oportunidades que se nos presentan para desatar nuestra violencia contenida y, como es natural, la descargamos en el primero que aparece: el mendigo aquel en la congestionada esquina, que presenta su mano vacía y nosotros le devolvemos un “vago, anda a trabajar”, como si fuese tan fácil conseguir empleo. Si estamos conscientes de que debemos combatir la violencia, empecemos por tratar de evitar convertimos en sapos, brujas, ogros o similares.        

Autor: Laura Jarrín 


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